ECUADOR I: un amante de verano.

Junio de 2017.

Hacía 15 años que no me subía a un avión para cruzar el Atlántico. Estaba muy emocionada porque volvía al continente donde nací y pasé mi infancia.

A pesar de que no iba a mi país natal, sentía que tornaba a un contexto cultural semejante y que de algún modo me reencontraría con un estilo de vida, un acento, unos ritmos, unos colores y sabores que tuve que guardar para adaptarme al estilo de vida, al acento, a los ritmos, a los colores y sabores del “antiguo continente” al que emigré hace tiempo.

Además de esta emoción, sentía cierto temor por no saber realmente a dónde iba. Podía imaginarme superficialmente lo que podía ser Ecuador por los recuerdos de mi infancia vivida en Maracaibo. También había visto algunas fotos, conocido ecuatorianos y comido platos de allá, pero no es lo mismo crearse una imagen mental, por más certera que parezca, que ver la imagen real con todos tus sentidos.

Ecuador fue para mí un verdadero des-cubrimiento, exactamente porque me reconocí en él y me permitió conocerle mejor. Me conquistó y me enamoré.

 

I.

Aterricé en Guayaquil a las 21h. Pude despertarme sin problemas con los primeros rayos de sol a las 6 de la mañana del día siguiente, aunque me moría de calor y una cortina de humedad se pegara a mí con fuerza al levantarme de la cama. No podía moverme ligeramente. Barcelona tiene fama en verano por su humedad, pero la que yo sentí los primeros días en Guayaquil se lleva la medalla de la meteorología porque, además, la ves. La humedad es física e invade el ambiente, no deja ver mucho el sol porque es gris y densa. Tu pelo se te encrespa, se humedece, sudas, tu calor corporal se mezcla con el clima y te transformas en vapor, te fundes.

El moverme siempre en auto por la ciudad, las largas distancias, los embotellamientos y la ciudad entera me recordaban mucho a mi infancia. Sentí volver. Nada me sorprendía, era como si viese otra vez lo que no veía en muchísimo tiempo y sentí muchos colores, olores y sonidos familiares. No me sentía extraña. Lo más bonito que vi en mucho tiempo fueron los parques de vegetación tropical con flores hermosas y árboles gigantes de hojas grandes que transmitían alegría y espontaneidad.

Ecuador me conquistó como en España se cree tradicionalmente que las mujeres conquistan a los hombres, desde el estómago por la comida. Todo lo que comí por los diferentes lugares que visité me saciaron de felicidad. El paraíso para mis papilas gustativas, sin duda alguna. Muchos sabores a base de maíz que me eran familiares, pero nuevas explosiones de sabor que a cualquiera le parecería una locura como la del viche: caldo de pescado y mariscos con plátano y cacahuete, por ejemplo, o el sabor del ¡aguacate en sopa! Fui feliz. Ni que decir de los dulces y los panes tan suavecitos y tiernos que me alegraban los desayunos. Los mejores sándwiches que he probado en mi vida son los ecuatorianos. Me reencontré con sabores de frutas como la guayaba, la guanábana o el maracuyá y descubrí otras como la pitahaya, el babaco, la grosella china o el taxo.

Una semana después, emprendí el viaje a la sierra, donde mi primera parada fue la ciudad de Riobamba, conocida como la “ciudad de las primicias” a 2.764 metros sobre el nivel del mar.

 

II.

En Riobamba era la fuerza de la gravedad la que me paralizaba. Cualquier esfuerzo simple, como caminar y hablar a la vez, me cansaba. De todas formas ansiaba salir a conocer la ciudad y los alrededores.

Al salir a la calle sentí la omnipresencia del “taita” Chimborazo, uno de los volcanes más altos de la cordillera de los Andes de 6.268 metros sobre el nivel del mar. El volcán está ahí donde quiera que vayas y te sobrecoge como si estuvieras en un lugar sagrado. Tuve la oportunidad de ir a conocerlo. Me hablaban de él como si fuera alguien importante.

Llegamos en auto a la primera base a 4.800 metros. Yo iba sintiendo físicamente la gravedad, mi cuerpo pesado y mis pulmones vacíos. Cuando pisamos la tierra y comenzamos a andar me aconsejaron que fuera lento y controlara la respiración. Debía concentrarme. Al iniciar la subida, le saludan y me presentan como si fuera una invitada. Y yo me sentí así, una extraña. Además me sentí pequeña e insignificante frente a la magnificencia del Chimborazo y de todos los Andes. Sentí el universo entero muy cerca de mí, porque estaba mirando a la naturaleza a los ojos y no pude contener las lágrimas ante tal sensación. Cada paso que hacía me fundía en una auténtica meditación y el Chimborazo me fue revelando su dignidad como ser vivo, así como la mía por formar parte de la misma naturaleza que lo creó. Somos lo mismo pero de diferente forma.

Afortunadamente me dio la bienvenida dejándome verle su cima, que normalmente mantiene cubierta de nubes, y la despejó por unos minutos. Al llegar al segundo refugio, a tan sólo 200 metros más arriba, me tomé un té de coca que me ayudó a retomar la energía. Gracias “padre” Chimborazo.

III.

Lo más cerca que pude llegar a la selva amazónica de Ecuador fue Baños de Agua Santa, a los pies de otro volcán llamado Tungurahua. Ahí me sentí turista en el buen sentido, hospedándome en el hotel frente a la plaza central del pueblo con vistas al “manto de la Virgen” que brota de la montaña a la derecha y la basílica de “Nuestra Señora del Rosario de Baños de Agua Santa” a la izquierda. El verde puro amazónico que emana de la tierra me abraza y acoge con una naturaleza maternal que se contrapone a la vigilancia del “padre” Chimborazo.

El pueblo es pequeño y ordenado y lleno de comercios y servicios turísticos para todos los gustos, sobre todo para los amantes del deporte extremo. Nada más bajarnos del autobús un guía turístico consiguió que le siguiéramos hasta su agencia para contratar un recorrido en “chiva” por diferentes atracciones naturales; entre ellas el “Pailón del Diablo” y la casa del árbol con el columpio “del fin del mundo”, la sensación más cercana a morir que he tenido en mi vida.

Pero tal vez  su atracción más importante sean las termas de agua “santa”. Hay que mencionar que Baños es considerado un pueblo sagrado para la fe católica porque se cree que la Virgen María protege al pueblo de las erupciones del volcán. Siglos atrás durante una procesión en la que se le pedía ayuda por este motivo, ésta hizo brotar agua en el lugar en el que actualmente se encuentran las termas, y desvió el trayecto de la lava del volcán para que no alcanzara al pueblo. De ahí su basílica y punto de peregrinaje.

Aquí en Baños sentí, una vez más, un momento de comunión con nuestra tierra cuando me di un baño en estas aguas santas de las termas provenientes de la naturaleza; piscinas de agua caliente del fondo del volcán y unas duchas frías cayendo de la cascada de la montaña. Al igual que mi subida al Chimborazo sentí una fuerza mágica inabarcable, inmensurable, inexplicable, pero real como la respiración y el latir de nuestro corazón.

 

IV.

Quito, a 2.850m es una ciudad gigantesca. Hasta esos 2.850 metros sobre nivel del mar llegaron los españoles hace 500 años para hacer de Quito una de las ciudades más importantes del Imperio Español. Imagino que llegar hasta ahí a caballo y con toda esa parafernalia “tan avanzada” debió ser muy difícil, pero lo consiguieron y construyeron semejantes iglesias y palacios y escuelas y haciendas que no tienen nada que envidiar a las construcciones suyas de Europa. Sin embargo, una vez a esas alturas les resultó fácil conquistar a los nativos. Sí, el “Nuevo Mundo” que “descubrieron” los europeos fue Europa durante cuatro siglos.

El centro colonial de Quito es muy bonito y los dos edificios que más me impresionaron fueron la Iglesia de la Compañía (de Jesús), cuyas paredes, columnas y techos del interior están todas recubiertas de oro, de oro de verdad no de papel de oro que se desconcha, no, sino de oro en láminas,  y la Iglesia de San Francisco, un poco más “humilde”. Estos edificios sólo me demostraron tristemente, el poder que tuvo España a costa de los recursos y mano de obra “barata” de las naciones autóctonas del continente americano.

 

V.

A unas pocas horas de Quito está la laguna del Quilotoa a 3.914 m. Una laguna que se formó después de que el volcán quedara inactivo tras su última explosión hace 800 años. Las infraestructuras hoteleras  y los pequeños comercios están completamente atendidos por una comunidad de la Autonomía Descentralizada Parroquial Rural de Zimbahua, es decir, por indígenas autónomos del Ecuador; no como algunas naciones europeas que tanto desean la autonomía…

Aquí mi sensación física era parecida a la que experimenté en el Chimborazo pero más leve, pues no teníamos que subir, sino rodear la cantera desde la cima. El día era óptimo y se podía ver el océano de montañas infinitas en el horizonte; adquieres una perspectiva visual distinta en esa posición tan alta que te sientes literalmente “aislado”. Al paso de nuestro sendero nos cruzamos con campesinos nativos que llevaban caballos, burros y ovejas y una señora adulta que llevaba un chal hermoso de colores intensos. Todos ellos de una fuerza física que a mi me hubiera gustado tener en esos momentos, pues me moría del frío y tenía poca resistencia.

A nuestro regreso entramos en un taller de artesanías donde me atendió una joven señora que me explicó la leyenda de la princesa Toa y el cóndor enamorado: un cóndor que se enamora de una pastorcita y se van a  vivir juntos en lo alto del Quilotoa. Dentro, al fondo de la tienda, estaba la mesa donde ella y su esposo trabajan, en ese momento parecía que estaban trabajando en una máscara de diablo. Nos contó que las máscaras de diablo representan la gente que se defiende contra el propio poder del Diablo, algo así como que para luchar contra lo malo tienes que parecer malo para tu contrario. Antes de despedirnos nos salió al encuentro entusiasmado su hijo, que no tendría más de 4 años y del cual recuerdo bien su nombre: Tupac.

La sencillez y dedicación de esta comunidad me enseñó el valor de las cosas que realmente importan, como el valor de nuestro trabajo, el respeto del trabajo que hacemos con la naturaleza y los bienes materiales y la importancia del estilo de vida sencillo, del trabajo artesanal y oficial que ha perdido reconocimiento en la sociedad moderna esclavizada por las profesiones “liberales”.

 

VI.

Mis días en la sierra terminaron y mi próximo destino  fue Loja. Para ir a Loja hicimos una parada técnica en Guayaquil. El trayecto desde la desembocadura del Guayas hasta los valles de Loja es muy interesante. En este viaje de carretera disfruté de las numerosas y hermosas plantaciones de plátano, pude ver el fenómeno atmosférico que ocurre por el choque de presiones entre el clima de la montaña y el de la costa formando una niebla de calor y humedad que parece ahogar a toda especie. Mientras íbamos subiendo dejando atrás las nubes de condensación íbamos aproximándonos al parque del Cajas,  un paisaje nuevo, cubierto de niebla helada y lagunas esponjosas. Hicimos una parada en Saraguro, un pueblo indígena cuya vestimenta se caracteriza por el poncho y las faldas negras y el pelo recogido en una trenza larga, tanto en hombres como en mujeres. Finalmente llegamos a Loja y sus alrededores.

“Si no visitas Loja, no conoces Ecuador” dicen popularmente, puesto que Loja se considera la ciudad  más cultural del Ecuador, cuya expresión más dominante es la música. Visité el pueblo más longevo de toda Latinoamérica: Vilcabamba, donde los habitantes más ancianos superan los 100 años de edad. El clima era ideal y el escenario parecía un Paraíso…un jardín eterno y perfecto.

Tuve la oportunidad de participar de una reunión familiar cuyo motivo era el reencuentro entre parientes desconocidos. Fue un placer ver cómo la consanguinidad es un lazo social difícil de explicar pero innato entre los integrantes de una genealogía, pues todos comparten información genética a pesar de no conocerse, y a su vez esta conexión impulsa espontáneamente la relación interpersonal entre los parientes. Ser familia se siente física y espiritualmente, desde el fondo del ser y por la sangre que corre por las venas. El origen de esta familia estaba en Loja y yo os lo puedo contar.

 

 

 

VII.

A pesar de todas las emocionantes experiencias vividas entre los valles, sierras y selva, mi espíritu ansiaba ver la costa y el océano en mi horizonte. Terminé mis días en la ciudad de Manta donde volví a sentirme como en casa. Al igual que Guayaquil, Manta me recordaba a mi infancia. El estilo de la ciudad, la gente, la comida, los sonidos, todo era para mí habitual.

Manta es uno de los puertos más importantes de Ecuador y la capital del Atún. Todavía se podía ver el rastro del terremoto que tuvo lugar el año pasado, en algunas infraestructuras agrietadas y en terrenos vacíos donde antes había edificios.

Ya que julio no es la temporada alta las playas están muy tranquilas. La playa de San Mateo me robó el corazón y Puerto López me transportó al otro lado del Pacífico.

En el Museo Centro Cultural de Manta conocí la cultura precolombina del Ecuador conocida como la cultura Manteña, donde me enamoré de las Venus de Valdivia y del arte primitivo ecuatoriano. Y una cosa que no me imaginé observar en la vida fueron las ballenas jorobadas que durante esa época pasan por las costas ecuatorianas para tener a sus crías.

 

 

En pocas palabras Ecuador significó para mi la vida, la libertad, el trabajo, la dignidad humana y el poder de la naturaleza por sobre todas las cosas. Ver a los nativos trabajando la tierra y a los costeños en viviendas humildes me demostró que no hay nada mejor que dignifique al ser humano que su relación íntima y respetuosa con la madre tierra.

Agradecimientos:

Familia Vásquez (Vásquez Villacrés, Pazmiño Vásquez y Vásquez Silva) – Riobamba, Manta, Guayaquil

Equipo de Love Tattoo Parlour – Guayaquil

Andrés – Guayaquil

Enrique – Guayaquil

Francisco – Quito

José Luis y Tania – Ambato, Barcelona

Rous – Riobamba

Sebas – Riobamba

Ye shi y Pablo – Quito

Damián Vásquez

 

 

 

 

 

 

 

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